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domingo, 16 de noviembre de 2008

Miguel Bosé.- Amante Bandido


No recuerdo el nombre oficial, para mí siempre será la Plaza de la Calle Saint Gaudens de Barbastro. No muy lejos de casa de María Jose, la calle se abre y deja espacio para un gran tablero de ajedrez pintado en el suelo frente a un kiosko de música, una docena de árboles perfectamente alineados en dos hileras, algunos columpios y otro kiosko más pequeño, pero más importante, el de las chucherías.

Durante mi infancia pasé allí muchas horas jugando a pillar o esperando a mi madre que se acababa de encontrar con una amiga de la infancia y tenían que explicarse las novedades, entonces llegábamos tarde a comer y yaya hacía ver que se enfadaba.

Yaya era también la que encargada de llevarme a la peluquería, también en la plaza Saint Gaudens. A mí me encantaba ir con ella porque íbamos cogidos del brazo, y si nos encontrábamos con alguien me presentaba como su novio. Pero también porque ya sentado en el sillón del peluquero, podía elegir el peinado que más me apeteciera, y a yaya siempre le gustaba. Yo siempre era el más guapo.

De cualquier forma, yo siempre pedía el mismo peinado: el de Miguel Bosé. Eran los años de Sevilla y el Amante Bandido y yo me quedaba fascinado ante la tele, cada vez que ponían el video.

Hoy ya no me gusta Miguel Bosé, pero mientras me tomaba el café de la mañana he vuelto a oír la canción y no sé si es la edad, el café, la falta de pelo o las pocas ganas de trabajar, pero todo ha desembocado en un sentimiento agridulce donde se mezclan yaya, la arqueología y estos pocos pelos que me quedan, pero nunca más renunciar a ser lo que fuí.